MAESTRO
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Añorado y querido lector, que
alegría me produce, después de un tiempo relativamente corto, poder volvernos a
reunir.
Primero, porque con el interés
que demostráis hacía estas líneas, y el calor con que siempre son acogidas, son
su razón de ser para que otra vez aparezcan. Y segundo y principal, es porque si
de nuevo coincidimos en nuestra querida publicación, es porque algo nuevo ha
ocurrido, algo que como siempre, quiero y necesito compartirlo.
Así que confío que la alegría que me embarga por este reencuentro sea mutua. Y
como sé que ese interés que demostráis por leerlo, es el mismo que me mueve a mí
por escribirlo, paso sin más dilación a contar el hecho
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relacionado siempre con
nuestra querida Patrona La Virgen de la Salud.
Pido perdón, si antes de comenzar, os solicito un favor. Y es que al referirme a
que nuestro paréntesis ha sido relativamente corto, y efectivamente así ha sido,
he pensado que para muchas personas queridas, y a sus familiares, ese espacio de
tiempo, por desgracia, ha podido ser eterno. Que el que escribe, ya va entrando
en una edad, en la que, los seres queridos van quedando por el camino, o en
realidad, se nos adelantan.
Pues quería rogaros, por favor, una oración, un recuerdo. Sin indicar nombres,
cada cual tendrá los suyos, muchos comunes, y otros particulares de cada uno,
pues para todos ellos un sentido recuerdo. Gracias.
Bueno, y ahora cambiando de tercio, nunca mas apropiado el término, entremos en
el singular hecho que voy a relatar:
Pasaban dos o tres minutos de las cuatro de la tarde, según el reloj de la Estación del Norte
de Valencia, cuando el que escribe: Ximo, atravesaba el admirado y mundialmente
famoso vestíbulo de la estación, con dirección a la contigua plaza de toros. A
las cuatro y diez, ya estaba bajo la estatua del malogrado Montolio, esperando a
Fernando Ramón, que traía las entradas de la corrida, y que como otros años le
había invitado, merced a un detalle que la empresa taurina que lleva la plaza
había tenido con Fernando.
Ya el tren iba hasta los topes. La estación, pese a su gran andén parecía
incapaz de poder absorber aquel rió humano que bajaba de los incesantes trenes,
y que a la locutora que anunciaba en valenciano y castellano sus entradas y
salidas, se le amontonaba para dar en tiempo y hora el nombre de destino o
procedencia de todos ellos. ¡Estábamos en Fallas! Era el día 16 de Marzo de
2009.
A Ximo, mientras esperaba, le dio tiempo de poder hacerse con un par de
sombreros de paja, que una conocida marca de cerveza empezó a regalar entre el
público que esperaba para entrar. Bueno a regalar era la intención, pero las
jóvenes y esbeltas azafatas que sacaban de cajas de cartón los sombreros, se
vieron literalmente avasalladas por la multitud. No les daba tiempo a sacar los
sombreros de las cajas, cuando cientos de manos se los arrebataban. Ximo,
consiguió que uno que llevaba un buen puñado de ellos le diera dos. Meterse en
aquella aglomeración era imposible.
Así que a las cuatro y cuarto, cuando ataviado con su blusa negra y su “mocaor” fallero al
cuello, apareció Fernando, Ximo le dio el suyo:
- Tin Fernando ú pá tú.
- Ole, que bueno
- Contestó, poniéndoselo enseguida.
Y se dirigieron hacia la puerta que hay junto a la estatua del banderillero.
Todo hacía presagiar que iban a asistir a una estupenda tarde de toros. A la
gente se la notaba feliz. Los reventas no paraban. Y la intransitable acera de
la plaza de toros empezaba a dejar ver su policromo pavimento. El público iba
entrando por todas las numerosas puertas que tiene el coso.
El portero le pidió las entradas a Fernando, que iba delante, y éste sacó dos
que el empleado cortó y le devolvió. Una me la dio a mí y me di cuenta que
aquella localidad no era de las de la naya que habitualmente llevaba Fernando,
era una entrada de grada.
Una vez dentro de la plaza, sin subir todavía a nuestras localidades, nos
dirigimos, como de costumbre, a la puerta de toreros, para verlos llegar.
Allí, el estrecho callejón que desemboca en el patio de caballos, estaba repleto
de aficionados con sus cámaras, algunos con el programa de la corrida para
tratar de conseguir un autógrafo de sus ídolos, pero sobretodo de mujeres, y de
todas las edades, fanáticas seguidoras de los diestros o simplemente entusiastas
de ellos, que querían verlos de cerca, y que pese al cambio de modas y de
gustos, hacen perdurar la leyenda de la tremenda atracción que el traje de luces
ejerce entre las féminas.
A duras penas pudimos conseguir un buen sitio para verlos llegar, y aunque
llevaba la cámara de fotos, me tuve que olvidar de ella. Varios empujones de la
avalancha femenil, al falso grito de:
- ¡Ahí llegan los toreros!!
Me hicieron desistir de realizar ninguna instantánea, pues aunque disparara
alguna, con semejantes vaivenes, hubiera cogido a cualquiera y movido que
acertar con algún torero.
Por fin, ya sobre las cinco menos veinte minutos, el repetido aviso fue verdad y
empezaron a llegar los toreros, seguidos, como arropándolos, por sus cuadrillas.
Cada uno gritaba lo que le parecía: ¡Valiente!, Torero!, ¡Guapo! (las féminas).
¿Una firmita por favor? (los entusiastas de ambos sexos y coleccionistas de
autógrafos).
Y Fernando como siempre, había sacado un montoncito de estampas, que llevaba en
el bolsillo de la blusa, y las ofrecía al paso de los diestros:
- ¿Una estampa de la Virgen de la Salud? — les insinuaba.
Primero pasó Manzanares, luego Cayetano, y al final Enrique Ponce. Ese era el
estupendo cartel de la tarde.
Los toreros pasaban rápido ante aquel aluvión de gente, y sobre todo de
admiradoras, casi ni se paraban.
Yo creo que temían más estos agobios que a los morlacos que les esperaban.
A cada uno cuando pasaba Fernando ofrecía lo mismo:
- ¿Una estampa de la Virgen de la Salud?
Pero ellos, posiblemente, por el bullicio que había, ni lo oían, o si lo oían no
podían detenerse.
Cuando llegó Enrique Ponce, Fernando igualmente gritó:
-iPonce!, ¿Una estampa de la Virgen de la Salud?
Pero él, al igual que los otros, sonreía, pasaba, y se alejaba del agobio.
Pero por un momento, Enrique Ponce, que ya había pasado, tras unos pasos se paró
en seco, volvió hacia nosotros rodeado de toda su cuadrilla, mientras el resto
de la gente lo aclamaba, y pese al griterío le dijo a Fernando:
- ¿Ha dicho de la Virgen de la Salud?
- Si maestro, de Xirivella.
- ¿Me da una?
- Claro que sí las que quiera.
Y Ponce tomó una estampa. Se fue mirándola, alejándose con ella en la mano.
Era una estampa del año 2.003, y al dorso llevaba una pequeña oración. Era un
primer plano de la Virgen coronada con el niño. Se veía un poco en semicírculo
la campana, pero para uno que no supiera lo que es no podría adivinarlo. En la
parte inferior de la estampa aparecían dos fotos pequeñas, una de la parroquia y
otra del campanario, y en los márgenes derecho e inferior, con diferentes tipos
de letras y a dos colores ponía: “Virgen de la SALUD”“Patrona de Xirivella”.
Nos dio mucha alegría que el diestro cogiera la estampa, y Fernando, más avezado
en estos menesteres, me dijo:
- No es el primer que heu fá. Quan senten el nom de la Verge de la Salut, alguns
si que agarren una estampa.
Nos retiramos de la entrada de toreros y fuimos a buscar nuestra localidad. Como
era un sitio poco habitual, tuvimos que ir preguntando a los empleados, hasta
que después de varios intentos dimos con nuestra escalera, y el empleado nos
señaló los asientos. Fuimos pasando por la fila, ya casi ocupada, hasta llegar a
nuestras localidades. Eran perfectas. Ya he dicho que eran los lados 6 y 7,
teníamos la presidencia enfrente y los toreros salían por nuestra izquierda.
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Dieron las cinco de la tarde y sonaron los clarines. Los alguaciles a caballo
abrieron plaza, recogieron la simbólica llave, y volvieron con sus esbeltas
monturas blancas hasta la salida de cuadrillas. Allí los diestros y demás
sequito ya los aguardaban, rodeados de cámaras de varias televisiones y
fotógrafos.
Se pusieron al frente, sonó la música. Sonó “La Gracia de Dios” de Ramón Roig,
interpretada por la Societat Artistico Musical “La Unió” de Quart de Poblet, y
comenzó el paseíllo.
Detrás de los alguaciles la terna de matadores: A la izquierda Enrique Ponce, de
grana y oro; En el centro Cayetano, de rosa palo y oro; y a la derecha J. Ma.
Manzanares, de purísima y oro, los tres engalanados con sus capotes de paseo.
Dejando un respetuoso espacio, detrás de cada figura les seguían a cada uno y en
fila,
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sus tres componentes de cuadrilla, todos ellos combinando colores con la plata,
los nueve también luciendo sus capotes de paseo. A continuación, emparejados,
seis picadores, montados en sus cabalgaduras y cerrando este grupo ecuestre un
monosabio con blusa roja y su vara de fresno para ayuda de los caballos y
varilargueros.
Seguidamente ocho areneros o monosabios en dos filas cerradas por el capataz,
todos con blusas negras, y cerrando la comitiva las mulillas, en este caso tres
hermosos percherones engalanados con señeras en lo alto de sus collerones y
llevados por sus mozos ataviados con blusas rojas.
La tarde prometía, solo tenía un pero, el aire. Unas rachas de viento levantaban
los capotes que la cuadrilla de Enrique Ponce, como primer espada, ya estaban
probando y buscando el lugar donde los papelillos se arremolinaban.
Un monosabio con el tablón anunció el primer toro de los de Juan Pedro Domecq:
Bribón de 533 Kg.
Suenan los clarines. El maestro se atrinchera tras las tablas para ver su
salida. Se abre el portón y aparece Bribón: colorao; bociblanco; ojo de perdiz;
rabilargo y astillano.
Sale el cornúpeta a la plaza, y de salida ya derrota en la puerta de toriles.
Siguiendo con su carrera que pronto da una vuelta completa a la plaza. Al
instante salen los subalternos que dan, al paso del toro un par de pases largos
y medidos para tantear la embestida del burel que sigue suelto.
Cuando el toro está en la parte opuesta de la plaza, que seguía visitando,
aparece el maestro Ponce, que aprovechando la larga embestida del de Juan Pedro,
lo recibe y fija con una verónica de impresión. Con que sabiduría, como si no
hiciera nada, Ponce a la primera, logra embarcar al toro en el capote y ligar
una serie de verónicas que remata con una media muy ajustada que levantó el
primer “olé”. Luego parecía que no podría adornarse por el traidor viento que
duró toda la faena, pero cuando parecía que iba a iniciar otra serie de
verónicas, al paso del astado, se recogió el capote sobre su cuerpo y aquí ya
levantó al público con una serie de chicuelinas que remató con una larga
cambiada. Recogiendo de nuevo una mas que sonora ovación.
El astado respondió bien en varas y después de los quites, que el viento
deslució comenzó su faena.
Con la muleta empezó con un magistral cambio de mano, seguido con tres series
con la diestra que remató con tres molinetes muy templados.
Los olés eran incesantes. A la Unió de Quart de Poblet, ya hacía rato que se le
había pedido que se uniera a la fiesta, para poner mas arte, si cabía, en
aquella plaza.
Al cambiar a la izquierda lo hizo con tres o cuatro naturales muy templados que
siguieron levantando al público.
Y para el final remató la faena con su inimitable toreo de rodilla en tierra,
citando de espaldas y llevando muy larga la embestida del toro en circulares
inmensos.
Tanto se adornó y el público se lo premiaba que recibió un aviso.
A la hora de la verdad utilizó, por culpa del viento, la suerte contraria, pero
la receta fue magistral.
El toro no tardó en rodar y el aluvión de pañuelos fue tremendo, pero por causa
del aviso, el usía, solo concedió un apéndice, recibiendo una monumental bronca.
Ponce dio la vuelta al ruedo acompañado de su cuadrilla, también ovacionada
porque habían estado sublimes con los rehiletes.
Permitidme lector, que no nos detengamos en las faenas de los otros dos diestros
que cerraban el cartel, pues en sus primeros no hubo nada destacable que
reseñar. Digamos que ambos hicieron faenas dignas, pero ninguno recibió ningún
apéndice por ellas.
Estábamos a mitad de festejo y se imponía la merienda. Y aunque se que a muchos
lo que voy a decir les parecerá increíble, he de ceñirme a la verdad, como en
todo el relato. Pues Ximo, se levantó y trajo unas cervezas de barril, y luego
sacó unas empanadillas, que le había preparado Rosi, su mujer, que para aquella
hora de la tarde venían al pelo, y además estaban de vicio, Fernando también
llevaba unas frivolidades, y de ambas cosas compartimos con nuestros vecinos de
asiento, quienes a su vez también nos pasaron una bandeja de suculentos canapés.
Mientras dábamos los últimos bocados y terminábamos nuestras bebidas, el
monosabio que anunciaba el próximo toro, ya estaba en el centro de la plaza.
Teníamos el cartel de espaldas, pero al ir dándole la vuelta pudimos ver su
nombre: “Ruiseñor”; 584 Kg. Era el 4° de la tarde y 2° de Ponce.
Mientras el monosabio, con pasos medidos, volvía al callejón, sonaron los
clarines.
Salió el torilero, miró que la plaza estuviera expedita y dio dos palmadas en la
cerrada puerta de toriles, como en señal de aviso. El ruido del cerrojo al
abrirse se oyó perfectamente. La puerta de toriles abierta servía para cerrar el
callejón, y el torilero encaramado a ella, y mirando para adentro, daba unas
palmadas sobre ella al tiempo que gritaba arreando al toro para que saliera. El
ruido que hizo la res en su embestida inaugural, hizo que él, pese a lo
acostumbrado como estaba a estas salidas, se bajara corriendo de la puerta y
medio se agacho para que apareciera Ruiseñor. El grito mitad de asombro y mitad
de miedo que levantó en la plaza fue sobrecogedor.
Negro; lombardo; bocirrubio; hondo; alto de agujas; rabilargo; astigordo y
playero, este era Ruiseñor.
El grito de asombro comenzó cuando todavía en su arrancada inicial no había
salido del callejón de toriles.
Su gran alzada y sus descomunales defensas sobresalían por encima de la barrera.
En su visita inicial, a media plaza ya embistió con saña contra un burladero que
uno de los peones tuvo que utilizar con premura después de su cita. A la segunda
cita de otro subalterno, arremetió contra las tablas, pues al de plata no le dio
tiempo a llegar al burladero y tuvo que tomar el olivo. Sus casi 600 Kg.
embistiendo contra las tablas, hizo que saltaran astillas y dejó sus marcas en
los listones.
Sale el maestro Ponce, citando al animal de lejos, que seguía encelado en las
tablas. El viento no había calmado.
- ¡Eh, toro! — Gritó el espada arrimado al cinco.
La bestia nada mas oyó el grito fue a su encuentro con una embestida larga que
cortaba la respiración, solo con pensar cómo podría parar a aquella fiera.
Lo recibió con una verónica, que tuvo que ligar con otra, pues la fiereza de
aquel bicho era descomunal.
Era tal la agilidad con que se revolvía, que al torero le venía muy justo, para
poder recomponer la figura entre pase y pase.
Después de de ligar cuatro soberbias verónicas, remató con una media, pero el diestro tuvo que
ladear la cabeza, pues la enorme arboladura de su oponente pasó a pocos
centímetros de su cara.
El respetable rompió en una grandiosa ovación. Era increíble lo que el
valenciano le estaba haciendo a aquel morlaco. Y siempre con un viento que no
cesaba, que como todos saben es el peor enemigo del torero.
Sin apenas tiempo para saborear aquella incesante ovación, siguió mostrando su
saber hacer. Bajando el capote para poder salvar aquellas terribles defensas,
logró una nueva serie de verónicas que remató con una arriesgada chicuelina.
La plaza ya estaba en pie, el torero entregado y Ruiseñor todavía no había
aflojado en sus embestidas.
Siguió por chicuelinas, una buena tanda que remató, nadie sabe como la sacó, con
una perfecta gaonera.
De nuevo la plaza se hundía. El público estaba entregado. Era impensable lo que
Ponce estaba haciendo aquella tarde.
Inmediatamente el diestro se descubrió, y el cambio de tercio le fue concedido.
Le tocó picarlo a Saavedra, ducho en el oficio. Casi no hizo falta citarlo. Aun
estaba bajando la vara que el picador, que horizontalmente a la arena, había
levantado para llamar la atención del cornúpeta. Cuando éste arrancó con enorme
embestida contra la cabalgadura. A duras penas, el avezado varilarguero, que
pudo poner el puyazo en su sitio, pudo aguantar unos segundos en su silla.
Caballo y jinete fueron levantados como una pluma. La vara salió despedida y
Saavedra navegaba por las tablas mientras el bicho mantenía en el aire al
caballo.
El mozo y las cuadrillas acudieron a socorrerlo, y lograron sacar al toro del
caballo.
El picador, un poco pálido, ayudado por el mozo, subió de nuevo a su
cabalgadura, se ajuntó el castoreño, cogió la pica, y esperó de nuevo la
embestida del animal.
El encuentro fue de nuevo bestial, el toro empujaba, y esta vez el jinete con la
montura apoyada en tablas, pudo realizar la faena.
La tercera vara también fue de bravura, aunque ya mas ahormado el toro, éste
aguantó el castigo apretando sin aflojar.
El público aplaudió la suerte por su ejecución y también por el comportamiento
del astado frente al caballo.
La cuadrilla cumplió, pese a la dificultad, con los palitroques, y mientras el
toro era entretenido en el siete por los peones, Ponce, caminando con señorío,
fue a brindarle el toro a la Fallera Mayor de Valencia. Hecho que también fue
ovacionado.
Comenzó la faena de muleta por el pitón izquierdo con dos buenas tandas, a la que siguió una
por el derecho, de excelente factura.
La música no se hizo esperar. La gente se miraba y sabía que aquella faena iba a
hacer historia.
La siguiente tanda de naturales fue soberbia. Los olés inundaban toda la calle
Xativa. Era tal el entusiasmo que salía del coso, que los transeúntes se
detenían en las aceras cercanas a la plaza. Se intuía algo grande.
Fernando y yo, nos dábamos codazos y nos levantábamos con cada pase. El remate
de pecho de la serie fue de antología.
Varios molinetes abrieron otra serie excelente cerrada con un magistral remate de faena con
toreo a dos manos.
Ovación tras ovación iba trascurriendo la lidia. Acabándola con preciosos
ayudados que dejaron al toro en suerte.
La música calló. Enrique tenía el toro en los medios y entró a matar por la
suerte contraria.
Un ¡huy!! enorme se oyó en toda la plaza. El acero solo consiguió un pinchazo.
¡Qué lástima!, comentaba la gente, pues tenía como mínimo las dos orejas.
Mientras el torero, apremiado ya por el tiempo, iba poniendo de nuevo el toro en
suerte. Esta vez estaba más pegado a tablas. Lo cuadró. El silencio era
sepulcral. Como si el tiempo se hubiera detenido fue marcando, con señorío,
todos los tiempos de la suerte de matar. El toro estaba embebido en la muleta.
Mantenía todavía la cara alta. El torero se encontraba a poco más de un metro de
aquellas descomunales defensas, dándole su costado izquierdo a la cara del toro.
Lentamente fue subiendo la diestra con el estoque y apuntó hacia la cruz. Cuando
creyó estar apuntando hacia los rubios, suavemente, para que el toro no se
percatase y pudiera descomponer su encuadre, y sin mover la dirección del acero,
fue girando un cuarto de vuelta, quedando totalmente de frente a la cara del
toro, siempre con la espada apuntando al morrillo. Entonces con rápido
movimiento de la zurda, acercó por lo bajo la muleta a la cara del toro, con lo
que éste humilló buscado el engaño, y simultáneamente se abalanzó hacia el toro
asomándose sobre su arboladura con un magnifico volapié. Entró por la suerte
natural.
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¡Qué estocada!, ¡Madre Mía!, ¡Soberbia!, ¡Hasta la bola!
Pero el comienzo de la ovación se truncó de inmediato en un:
- ¡Aaay!!!
Mientras se asomaba sobre aquellas enormes astas, jugándose la vida para
conseguir aquella fabulosa estocada, el toro derrotó por el pitón derecho,
propinando un tremendo varetazo en el pecho del torero, y éste volando
literalmente por los aires fue a parar contra las cercanas tablas, con la mala
fortuna que se dio un tremendo golpe en la nuca al caer sobre el estribo,
quedando inconsciente en la arena y medio recostado en tablas.
El toro estaba herido de muerte. Inmediatamente toda la cuadrilla saltó a la
arena. Dos peones se fueron hacia el toro comenzando un coleo que debía de ser
mortal para el animal, mientras el otro peón se fue hacia el maestro cogiéndolo
por un brazo y tirando de él para que despertara y se levantara. Pero Ponce
estaba inconsciente.
La fiera acudía con rabia a cada uno de los capotes que le enseñaban, pero como
si estuviera cebado con el torero, con un par de derrotes a derecha e izquierda
rodaron por la arena los subalternos con sus capas, y todo fue uno, ver a torero
inerte y arrancar con una embestida contra él, que lo tenía a escasos dos metros
de sus astas.
La gente chillaba, como queriendo avisar a Enrique. Las mujeres se tapaban los
ojos. Se oyó un fuerte impacto contra las tablas, y los que estaban detrás de
ellas, que no podían ver al torero, aun chillaban mas, pues veían salir las
puntas de los pitones por el otro lado de las tablas, las había atravesado, y a
Ponce, seguramente, también.
Que confusión. ¡Madre Mía!! Llegaba la cuadrilla hasta Ponce y éste estaba
ensartado contra las tablas por la chaquetilla.
Estaba consciente, en el último instante se pudo enderezar y ese movimiento hizo que el toro
fallara su mortal embestida, y solo lo encunara.
Lo tenía encima de él, y aunque tiraban del toro, al estar los pitones clavados
en la barrera, no se movía.
El último estertor del toro lo dio allí, sobre él, llenándole toda la taleguilla
de sangre.
El torero aun tuvo un gesto con aquel bravo animal que descansaba su boca sobre
su regazo. Se dio un beso en la palma de la única mano que podía mover y lo
plantó en la testuz del toro. Había sido un bravísimo animal y así se lo
reconocía. La gente rompió a aplaudir y a gritar:
-¡¡Torero!! ¡¡Torero!!, ¡Torero!!
Por fin con el traje hecho jirones lo sacaron de debajo del toro, y las mulillas
se llevaron al animal. Se le concedió una sola oreja, con lo que la presidencia
recibió una sonora pitada.
Mientras Ponce se metía la camisa, se arreglaba la chaquetilla, y le tiraban
agua en la cabeza, iba volviéndole el color.
Se adelantó hasta los medios, dónde le esperaba el alguacil para darle el
trofeo.
E inició la vuelta al ruedo con el apéndice de su adversario en la mano.
Creo que fue la vuelta al ruedo más clamorosa que he visto en mi vida. La gente
de los tendidos quería bajar casi a tocarlo y él poco a poco iba encontrándose
mejor.
Nunca se había visto un torero con el traje tan lleno de sangre y a la vez tan
feliz.
- ¡Qué gran faena!! ¡Qué gran faena!!
De nuevo, cómplice lector, te ruego me permitas que obvie la reseña de las
faenas del resto de matadores. Bueno solo apuntar que en el último de la tarde,
Cayetano, que le había brindado a su hermano Rivera Ordóñez la muerte de aquel
toro, recibió un puntazo en la pierna sin consecuencias, salvo la rotura de la
taleguilla. Señalando que ante la cogida se tiraron a la arena todos los
toreros, el primero Ponce, y también el mencionado hermano del diestro, que veía
la corrida desde el callejón.
La corrida había terminado, pronto los capitalistas se echaron a la arena y uno
de ellos consiguió levantar a hombros a Ponce, dio la vuelta al ruedo de esta
guisa, y a hombros salió de la plaza.
Ponce, un año más, fue el vencedor de la Feria de Fallas, y con ésta contabilizó
ya su 34ª vez que abría la puerta de la Plaza de Toros de Valencia.
Fernando y yo nos felicitamos de haber podido presenciar una faena como aquella,
incluido el al final afortunado percance del diestro de Chiva.
Íbamos saliendo de la plaza, cuando vemos en las puertas por donde teníamos que
salir, a toda la cuadrilla de Ponce, y además algunos empleados de la plaza,
buscando entre la gente, como si hubiera pasado algo. De lejos uno o dos
banderilleros de Ponce, nos ven y nos hicieron señas. Al llegar a su altura nos
abordan y dirigiéndose a Fernando le dicen:
-¿Le ha dado Vd. una estampa, al entrar, al maestro?
- Pues sí — contestó Fernando.
- ¡Ya están aquí!, ¡Son ellos! - se gritaban de unos a otros.
- ¿Les importaría venir con nosotros? El maestro les quiere ver.
Nos miramos con asombro y les seguimos.
En la acera de la calle Xativa, estaba estacionada la enorme furgoneta de
Enrique Ponce. Toda rodeada de admiradores y curiosos. A un gesto de los que nos
acompañaban, la furgoneta arrancó y salió de aquel enjambre de admiradores, y
unos metros mas allá paró y subimos todos a ella. Para nuestra sorpresa dentro
estaba Ponce.
-Gracias por venir señores — nos dijo — Y gracias por llevar puesta esa blusa y
esos sombreros, si no los hubiéramos localizado.
Ante la cara de asombro que poníamos, Ponce, de encima de una mesita plegable,
que llevaba la furgoneta, y que hacía una especie de salita de estar, cogió la
estampa que le había dado Fernando, y se la enseñó, estaba algo manchada de
sangre.
Y nos dijo:
- Cuando Vds. me la dieron, yo que creo en estas cosas, me la metí en la camisa,
y he hecho toda la lidia con ella, nunca me abandonará. Cuando me sacaron de
debajo del toro, el chaleco, la camisa, se me salió de la taleguilla y cayó a la
arena, un empleado de la plaza, al levantarme vio una especie de tarjeta en el
suelo, vio lo que era, y al terminar de dar la vuelta al ruedo me preguntó si
era mía, al verla dije que si, y he tratado de localizarlos para darles las
gracias, y si saben dónde está y por si fuera posible ir a visitar a esta
Virgen.
- Hombre muy honrados, de gracias nada. Pues sí que sabemos dónde está. Nosotros
somos clavarios de la Virgen de la Salud y está en Xirivella, a diez minutos de
aquí.
- Podemos ir ahora — preguntó Ponce.
- Desde luego, suponemos que la parroquia estará cerrada a esta hora, pero
hablaremos con el cura y entraremos.
- Pues vamos para allá, indiquen al chofer por dónde se va, si hacen el favor.
Por el camino le felicitamos por la faena tan grande que había hecho a aquel
enorme toro.
- La verdad que sí. Cuando mi apoderado me dijo que toro me había tocado estaba
muy preocupado, y luego el viento, pero en fin, gracias a Dios, bueno a la
Virgen, creo yo, todo ha salido bien.
Pronto llegamos a la Plaza de la Iglesia y el Santuario se encontraba cerrado.
Llamamos a D. Fernando, que le tuvimos que repetir varias veces, porque no se lo
creía, quien estaba fuera.
Inmediatamente salió abrió la puerta y entramos todos menos el chofer. Tiene
orden de no abandonar nunca el vehículo.
Don Femando no paraba de encender luces, ni en el día de la Patrona. Yo creo que encendió
luces que nunca se habían encendido.
A los pies del Altar dejamos a Ponce y a su personal que se adelantaran y
nosotros también de rodillas nos pusimos detrás.
Tras unas oraciones se levantaron y mientras le hacíamos un pequeño resumen de la historia de
la Virgen. Ponce, hizo una seña a un peán, que salió hasta la furgoneta e
inmediatamente regresó con algo que le dio al maestro y éste buscando a Don
Fernando, le juntó las manos y depositó algo en ellas.
Don Fernando, inmediatamente, preguntó si tenían un poco de tiempo, que quería
que viesen el Camarín de la Virgen. Aunque iba justo de tiempo Ponce accedió y
Don Fernando, ahora con más alegría iba encendiendo más y más luces.
Pasamos todos a “besar els nubols”. Cuando lo hizo Ponce, besó “els nubols” e inmediatamente
se arrodilló. Estaba mas pálido que en la plaza.
Nos dijo: -
Acabo de volverlo a sentir. Yo creía que había sido por el golpe. Cuando estaba
en la plaza inconsciente off en mi interior, como ahora, un toque de campana,
eso me hizo incorporarme y los cuernos no me tocaron. Ahora al sentirlo por
segunda vez he visto el toro, que entonces no vi, a centímetros de mí, y una
fuerza que me enderezaba y me ponía suavemente para que el toro solo me acunara.
Ahora lo tengo claro.
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-Vds. Creen que puede ser así Nos preguntó.
Fernando y yo nos miramos y al unísono y le dijimos:
- Todo pudiera ser. Solo la Virgen de la Salud lo sabe, MAESTRO.
JOAQUIN M. SEBASTIAN
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